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Tuesday, August 3, 2021

El lento despertar de los robots ‘made in spain’


Atrás quedaron los años en que los robots se asociaban a una revolución futurista más propia de la ciencia ficción que de la vida real. Los autómatas han colonizado las plantas industriales desde el último cuarto del siglo pasado y se han convertido en aliados imprescindibles para la automatización de los procesos productivos. Se calcula que ya existen 2,7 millones operando en fábricas por todo el mundo, el mayor nivel de la historia, lo que supone un crecimiento del 85% en el lustro entre 2014 y 2019, según los datos que maneja la Federación Internacional de Robótica (IFR).

China, Japón y Estados Unidos son los mayores consumidores de robots industriales, aunque las compañías españolas parecen asumir con convicción que la robotización es un camino que deben iniciar sin un segundo de demora. Así, nuestro país se sitúa en la undécima posición del ranking mundial, con 3.802 nuevas instalaciones en 2019, y escala hasta el cuarto puesto en el entorno europeo. Números que se explican, en buena medida, por el peso del sector automovilístico que, en ese año, acaparó una de cada dos unidades que se vendieron en territorio patrio.

Pese a que España no sale mal parada en lo que respecta a adopción, sí se ha quedado rezagada en producción, al no contar con ningún fabricante nacional en este segmento. «Es un tema histórico de poca apuesta por el sector industrial que esperemos que se rectifique con los fondos europeos», subraya Alex Salvador, gerente de la Asociación Española de Robótica y Automatización (AER). Hablamos de una industria liderada por un puñado de multinacionales, entre las que destacan la suiza ABB, las japonesas Fanuc y Yaskawa, las alemanas Stäuli y Kuka (el consorcio chino Midea tiene el 94,5% de las acciones de esta última) y la danesa Universal Robots. Estos seis ‘players’ representan el 80% del mercado español de robótica, según estimaciones de la AER.

«Como ocurre en otros sectores tecnológicos, se trata de un mercado dominado por una serie de fabricantes internacionales que terminan imponiendo sus robots y acaban siendo casi estándares. Competir contra estos gigantes es complicado porque están muy asentados», explica Paco Pujol, profesor del Grado de Ingeniería Robótica de la Universidad de Alicante, el primero en su especialidad, que empezó a impartirse en 2015.

En su opinión, la trayectoria que ha seguido España en diferentes sectores, desde un punto de vista tecnológico, no ha sido la mejor. «En muchos casos es cuestión de realizar inversiones que no sabes a dónde van a llegar, pero que pueden salir muy bien. Empresas de robótica hay bastantes, pero normalmente utilizan diseños de robots de otros países y se dedican al mantenimiento, a hacer una aplicación concreta que requiere el cliente, etc.», explica. Preguntado sobre si España está a tiempo de recuperar el terreno perdido, considera que la clave pasa por impulsar una estrategia «con inversiones racionales, objetivos claros y plazos relativamente cortos», aunque advierte de que «venimos de muy atrás» y una vez que las empresas de coches han acometido una gran inversión para emplear un determinado tipo de robot, «entrar en ello cuesta bastante».

Los expertos coinciden en que en su momento España desaprovechó una oportunidad que otros supieron ver. «Cuando se tenía que haber hecho la inversión para que las empresas se desarrollaran no se hizo y ahora es imposible competir con estos gigantes con tanto bagaje a menos que planteemos algo diferente», cree Esther Borao, directora del Instituto Tecnológico de Aragón y miembro de la red de expertos de Los 100 de Cotec.

Mayor disrupción

La disrupción, insiste, es la única vía para fortalecernos en robótica industrial. «Universal Robots creó los robots colaborativos (‘cobots’), una forma diferente de desarrollo de robots. En automoción, Tesla se hizo un hueco entre compañías con muchísimo dinero e inversión porque apostó por la disrupción. Eso mismo podría pasar aquí, que naciera algo diferente y disruptivo que diera lugar a competir con empresas como Kuka o ABB», defiende. Sin embargo, para que la innovación llegue a buen puerto se necesita financiación en I+D, algo que las empresas no siempre tienen.

En este sentido, asegura que los centros tecnológicos repartidos por España podrían asumir esa innovación y activar mecanismos de colaboración público-privada para potenciar que se creen nuevos modelos de negocio alrededor de la fabricación de robots, vinculados a inteligencia artificial, internet de las cosas, análisis de datos… El otro ingrediente necesario para subirse al tren en marcha de la producción de robots industriales es el cambio cultural: «Falta entender lo que puede ayudar la robótica no solo al sector industrial, sino también a las personas mayores, por ejemplo. Y, a nivel de talento, a los jóvenes les parece más llamativo trabajar en Google, Amazon o Linkedin porque la industria se ve como algo más anticuado».

As bajo la manga

Pero no todo está perdido ya que, si bien nuestro país ha sido incapaz de convertirse en un referente en fabricación de robots industriales, empieza a tomar velocidad en la prometedora categoría de los robots de servicio, aquellos que operan de forma parcial o totalmente autónoma para proporcionar servicios útiles al bienestar de los seres humanos o de los equipos, excluyendo las operaciones de manufactura, tal y como los define la IFR. Aquí se engloban tanto los robots tipo humanoides como los vehículos de guiado automático o AGVs. «En este campo hay una revolución inmensa porque se ha pasado de algo que podría ocurrir en el futuro a cosas que ya están aquí. Son soluciones que aparecen hace relativamente poco tiempo y todos arrancamos del mismo punto, de forma que España no tendría que dar un salto tan grande ni rápido como en robótica industrial», considera Pujol.

Una idea en la que ahonda Alex Salvador, gerente de la Asociación Española de Robótica y Automatización: «El campo que va a crecer a dos dígitos en los próximos 20 años es la robótica de servicio, donde sí existen fabricantes españoles y, además, las barreras de entrada son menores». Un buen ejemplo es Asti, fundada en 1982 en el pueblo burgalés de Madrigalejo del Monte y que se ha convertido en número uno europeo en fabricación de robots móviles, según el ranking anual de la Universidad de Hannover.

Otro botón de muestra, sin llegar a esta escala, es Pal Robotics, que inició su andadura en 2004 en Barcelona y exporta al Viejo Continente la mayor parte de sus robots. Francesco Ferro, propietario, cofundador y CEO, cuenta que hay muchos fabricantes de reciente creación en Europa, donde ha nacido el ‘know-how’ de la robótica de servicio, aunque «los competidores cambian cada poco tiempo porque muchos suben rápido y cuando se les acaba el dinero se estrellan». ¿A qué obedece este fenómeno? «Es un sector emergente en el que no hay todavía mercado suficiente», dice.

El robot humanoide Ari, de la empresa catalana Pal Robotics

Pal Robotics tiene 70 trabajadores, de los cuales 40 se dedican a I+D. Cuenta con cinco líneas de negocio: robots sociales, usados en eventos, centros comerciales, museos, etc.; para investigación; para proyectos colaborativos (funcionan con código abierto); para retail, como Stockbot, que automatiza el recuento de inventario; y para intralogística, con el fin de optimizar el transporte y entrega de mercancía. Con motivo del Covid, la firma ha creado dos modelos específicos para entornos hospitalarios, uno encargado de llevar bandejas de comida, y otro equipado con una caja fuerte que transporta muestras de sangre. Ambos están probándose en el Hospital Municipal de Badalona y en el Clínic de Barcelona.

Punto de inflexión

Y es que la crisis sanitaria ha demostrado el increíble potencial de estas máquinas. «Asistimos a un cambio. Cada vez más los proyectos de entretenimiento o marketing caen por su propio peso en favor de casos de uso que sean importantes para la comunidad», subraya Francisco Ferro. Un arsenal de aplicaciones que marcan el rumbo hacia una industria robusta. «La próxima crisis nos debe pillar más blindados a nivel industrial porque es lo que hace sostenible a un país. Necesitamos que el PIB industrial pase del 16% actual al 23% en cinco años», dice Salvador, de la AER. En términos de empleo, que España desarrolle actividad industrial en torno al diseño y fabricación abre una mina de oro. «Este campo per sé requiere de personal altamente cualificado», recuerda Salvador. Y aporta un dato. «El 60% de las startups de robótica de servicio a nivel mundial provienen del Viejo Continente, en este campo tenemos una gran oportunidad como europeos y españoles de liderar», indica.

Más allá de este reto, otra asignatura pendiente es que la robótica cale entre las pymes españolas. Universal Robots, referente mundial en ‘cobots’, abrió en Barcelona el primer ‘hub’ de robótica colaborativa del mundo, en el que muestra las últimas innovaciones del sector a «empresas que no tenían ni idea de utilizar robótica en sus procesos, para que vean que es fácil», cuenta Jordi Pelegrí, country manager de la compañía en España y Portugal. Manda un mensaje claro: «No hace falta ser Seat para utilizar esta tecnología, la idea es que una pyme pueda acceder a ella. Esa es la parte donde puede haber una transformación de nuestro sector productivo».

Pelegrí está convencido de que solo mediante la introducción de tecnología nuestro tejido empresarial podrá competir con países asiáticos o más intensivos en uso de mano de obra. «Los países con tasas de paro más bajas son aquellos en los que el número de robots por empleados en el sector industrial es más alto», resalta. La era de los robots es imparable.

El ‘nómada científico’ que enseña a los robots a improvisar

Pablo Lanillos (Madrid, 1981) se define a sí mismo como un «nómada científico». Finalizado su doctorado en inteligencia artificial en la Universidad Complutense, le surgió una oportunidad en el Instituto de Sistemas y Robótica de la Universidad de Coimbra, en Portugal, país en el que estuvo cerca de dos años. La siguiente parada fue la Universidad Técnica de Múnich y de ahí al Instituto Donders, en Países Bajos, donde trabaja para que los robots sepan reaccionar ante posibles imprevistos. «La robótica industrial se caracteriza por la precisión para ejecutar los mismos movimientos millones de veces sin errores, pero todavía no se adapta bien a los cambios. Lo que hacemos es entender cómo el cerebro humano se adapta a situaciones nuevas para poder aplicarlo a los robots, es decir, unir la precisión de las máquinas con la adaptación de las personas», explica. La forma de conseguirlo es a través de redes neuronales de impulsos, que tratan de imitar el funcionamiento de las neuronas del cerebro. «Lo bueno es que las podemos implementar en chips especiales, que no son los que conocemos actualmente, sino una nueva revolución que está llegando poco a poco. Hablamos de un procesador que trabaja más parecido a como lo hace el cerebro humano», cuenta. Entre sus ventajas destaca un gasto energético mucho menor y una capacidad de procesamiento más elevada. Al enfrentar hechos inesperados las máquinas logran también incrementar su autonomía y competitividad. Una investigación que apunta alto, tal y como demuestran los 450.000 euros que ha recibido del proyecto Human Brain Project, financiado por la Unión Europea.

Este experimento se une a otros trabajos de Lanillos como el que inició en Múnich y continúa hoy, basado en dotar a los robots de una mayor seguridad cuando tienen que interactuar con el mundo. «Para la robótica asistencial y social es clave porque permite que el robot sea capaz de entender que su cuerpo es de una manera determinada y que cuando hace una serie de acciones ejerce unos efectos en el mundo», señala. Una exitosa trayectoria en el mundo de la robótica que Lanillos ha tenido que realizar fuera de España ante la falta de perspectivas en nuestro país. «No es solo la precariedad. Me di cuenta de que las oportunidades que aparecían y lo que comentaba la gente en el mundo académico no era lo que quería. Tiene que ver con profesores que hablan de que están empeorando su calidad de vida laboral, algunos centros de investigación académicos en los que el desarrollo de investigación es menor… la sensación era no poder llegar donde quería», asegura. Empujado por las circunstancias a abandonar España, reconoce que tiene en mente la idea de regresar, aunque es consciente de lo que ello conlleva. «Lo haría por una razón personal porque, a nivel laboral, perdería salario, conciliación, acceso a recursos… para volver normalmente tenemos que rebajar las expectativas», lamenta. Como él, otros tantos jóvenes cualificados emigran cada año en busca de mejores condiciones. A España se le escapan valiosos recursos humanos para empujar industrias clave como la de la robótica.

Source: Noticias

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