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Tuesday, August 21, 2018

Ricardo Lop: «Fui al Vaticano con cien litros de aceite en el maletero»


Han pasado más de veinte años desde que Ricardo Lop, un hombre de mirada escrutadora y sonrisa contenida, abandonase las actividades profesionales para las que parecía señalado y comenzara a vender cuchillos y espadas por el mundo desde su Castelserás natal. No es que ese municipio se le quedara pequeño, sino que, a través de un curso para aprender a utilizar el correo electrónico, descubrió que, abriendo la ventana de internet, era posible llegar a cualquier parte del planeta y vender cualquier cosa. Aquello le sorprendió tanto que no dudó en pedirle a su profesor que le abriera una web. Ni siquiera sabía qué iba a vender, pero sí que esa tenía que ser la manera. «En Castelserás estaba la panadería familiar, la tierra y los negocios de mis hermanos; en el de uno de ellos cogí un catálogo de cuchillos, por casualidad. Si hubiera sido de otra cosa, seguro que hubiera empezado vendiendo algo distinto».

Ni sus hermanos, ni su padre, ni siquiera su novia pensaron que aquella idea de Ricardo sería el germen de Aceros de Hispania, un comercio electrónico que ya cuenta con 80.000 clientes en el mundo entero y factura casi 800.000 euros al año. «No lo sabía ni yo, que me había apuntado a aquel curso solo porque en invierno las noches eran muy largas, pero enseguida lo vi, y cuando mi padre me decía: “Pero hijo, ¿quién va a comprar un sable sin tenerlo en las manos?”, yo le contestaba que si los argentinos compraban por catálogo con dibujos en el siglo XIX y esperaban tres meses a recibir los pedidos, ¿por qué no iban a comprar ahora en cualquier parte, si lo del ordenador era más moderno y tardaba mucho menos?».

Dicho y hecho. O no tanto, porque como todas las empresas, aquella tuvo sus momentos difíciles: «Es que si te digo la lista de errores cometidos tengo para estar cascando tres horas. Y prácticamente todos son culpa mía, aunque también influyó la mala suerte. Por ejemplo, nos prohibieron vender en Moscú porque Putin estaba cabreado con la señora Merkel y sacaron una ley que impedía vender productos y luego nos cambiaron el sistema de pago… Son cosas que te van pasando y no puedes evitar. Además, con la crisis, cerraron nuestros principales proveedores y nos quedamos con tres mil o cuatro mil productos menos en la red, donde cada vez aumentaba la competencia».

¿Tres o cuatro mil productos menos? ¿Hay tantas clases de cuchillos? «¡Qué va! Es que ahora vendemos de todo, hasta peladores de tomate y prensa de ajos. Unos proveedores me mandaron un catálogo de cuchillos que parecía la Enciclopedia Británica, pero era solo la mitad de lo que ofrecían. Tenían desde pinceles de maquillaje a abre ostras. Mis compañeros me decían “¿qué hacemos con esto?” y yo les contestaba: “Si hace falta abrimos secciones nuevas para la web. ¿Qué más da vender una cosa que otra?”».

La yegua de Isabel II

Visto así, está claro que lo que importa es la facturación y la de Ricardo Lop es importante, aunque cueste lo suyo y más sin hacer publicidad. «Casi no nos gastamos nada en ello. Lo máximo, 35 euros en el folleto de las fiestas del pueblo. Ponemos un anuncio, como todas las tiendas de aquí. Pero para nosotros la publicidad tiene que cumplir dos criterios: que nos lo pasemos bien y que cueste poca pasta, por eso preferimos hacer acciones. Como la de mandar alfalfa para la yegua de Isabel II, que después de ganar Ascot dio positivo en antidoping. En cuanto nos enteramos, decidimos mandar dos pacas, una a Buckingham Palace y otra a la empresa que da de comer a los caballos, ¡y lo cascamos por todas partes! Como era agosto y no había noticias recibimos cuatrocientas y pico llamadas en quince días. Nos costó 26 euros de portes y 7 de la alfalfa».

Le digo que más sonó, si cabe, aquel episodio del cuchillo del Rey. «Sí, se lo mandé a Zarzuela después de leer unas declaraciones suyas no sé dónde que decían: “De esto saldremos con un cuchillo en los dientes y una sonrisa”. Y también lo cascamos bien en los medios. Me llamaron de todas partes. Lo malo es que coincidió con lo de Botswana y los periodistas vieron sangre y se tiraron a hacer risas con que si era un cuchillo para rematar elefantes, pero yo vi cómo crecieron las estadísticas de la página y pensé: “me cago en diez. Vosotros reíros, reíros”».

Ricardo Lop es un personaje único, además de un gran empresario y un genio del marketing. ¡Ni el Vaticano se le resiste! «Me reuní con los labradores para promocionar el aceite y se me ocurrió que, como el aceite de oliva con más carga simbólica del mundo era el que usaban en el Vaticano el Jueves Santo, tenía que llamar allí y pedir que el aceite que usaran fuera el nuestro. Me fui al Vaticano con cien litros de aceite en el maletero. Desde entonces, Benedicto XVI no bendijo con más aceite que el nuestro». Para bendecidos, el propio Ricardo Lop ¿no?

Source: The PPP Economy

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